domingo, febrero 26, 2006

Fiesta bárbara

DE LA SERIE RANCHERAS

FIESTA BÁRBARA

Se difundió el rumor entre los rancheros: “¡Habrá capada en el Huizechal!”, y se reúnen puntuales. Se trata de unos noventa toretes, casi de año, y hay que caparlos antes de que vengan los nortes. Capados, su carne será más suave, y no andarán brincándole a las vacas. Si acaso, se montarán entre sí. Y con los nortes se ponen debiluchos.
Empieza la faena, y es admirable tanta habilidad. Los caballos cooperan; saben cuándo afianzarse para detener el jalón del torete, cuándo apresurarse para evitar que deshaga el pial; están siendo juzgados por el ojo del patrón –no pierde pisada--, y más importante por sus propios jinetes.
Primero, lazo al pescuezo, mejor si sólo agarra los cuernos; así no se ahogará demasiado, aunque no importa.
Las reatas dibujan círculos airosos. Después, aprisionado el pescuezo o los cuernos sigue el pial trasero: el lazo cae sobre las caderas, después hay que mover al torete para que en operación relámpago, espuelazo al caballo, el vaquero tense la cuerda y aprisione las patas. El animal se derrumba, los ojos volteados hacia arriba, media lengua de fuera. ¿Prevé lo que sigue?
El vaquero se acerca, navaja toledana en mano. Toma la bolsa de los testículos, los empuja hacia arriba y de un solo tajo la secciona. El trozo de piel puede arrojarlo a los perros que están listos para pescarlos al aire, siempre de lejos, pues si se acercan entorpecen la operación y pueden llevarse una patada. El vaquero saca uno de los testículos—suelen ser muy grandes y alargados--, y con la punta separa a lo largo una membrana interna. Luego localiza los nervios y los jala hasta que dan de sí, y entonces los corta lo más cerca del cuerpo que se pueda. Luego desprende el testículo y lo deposita en una cubeta, que se va llenando conforme crece el día –entre gritos, sangre y polvo—y tiene así las manos libres para hacer la misma operación con el otro. A veces el torete muge, un mugido estrangulado a medias. Para terminar se le suelta primero el lazo del cuello; el de las patas se deshace por sí solo cuando el torete se levanta. ¿Además de herido, está humillado? Se levanta cabeza gacha, mirando de lado.
No es momento de expresar inoportunas simpatías. Un vaquero—quizá el menos hábil para menesteres de hombres—ha hecho lumbre, puesto un comal, y asado unos cuantos testículos –les dicen criadillas y es fama que son una exquisitez—; a la hora del almuerzo serán comidas alegremente, con tortillas y salsas traídas del rancho.
Terminada la faena, después de horas de sudor, sangre, polvo y trabajo rudo, los vaqueros y los vecinos que vinieron a ayudar y lucir sus habilidades se retiran felices llevando cada quien una cubeta con su botín de criadillas.
En la mesa del patrón no faltará algún invitado que las pruebe por primera vez. Aleccionada la familia entera, nadie le informará qué está comiendo hasta que haya acabado su plato, y se le dirá –si insiste—, que lo que ha comido son “ostras de montaña”.

viernes, febrero 17, 2006

¡Pinche gachupín pendejo!

NUEVO CAPATAZ

--¡Pinche gachupín pendejo, ora verá!--. El nuevo capataz, apenas importado por el patrón, acabadito de brincar el charco con todo y familia, ha pedido que le ensillen un caballo. Sonrisas cómplices, irónicas. Los vaqueros se codean, expectantes. Le ensillaron al Trueno, que nadie ha podido montar.
En preñado silencio lo vieron revisar silla, pretal, caronas, freno, y subirse al caballo de un salto. Un reparo, dos, tres, cinco, Trueno brincó las trancas, desapareció corcoveando. Al rato vieron regresar a Laureano Álvaro muy sereno, jinete en Trueno enamorado. –Este caballo es mío –anunció el gachupín, y de ahí en adelante fue su montura. ¡Qué iban a saber que Laureano había sido desbravador de caballos en el ejército español!

miércoles, febrero 15, 2006

Un resumen de conferencia sobre historia

La política del gobierno mexicano hacia la República española: del Maximato a López Portillo, 1931-1978: contextos y circunstancias.

Por José Antonio Matesanz

De 1931 a 1978 los gobiernos mexicanos mantuvieron una relación muy especial con la República española. Fueron 47 años que de múltiples maneras constituyen hoy un ejemplo de política de largo aliento, firme y coherente. Se trata de un tiempo largo, en el que se da, a pesar de todas sus diferencias en tiempos y estilos, “una" política.
Hay contextos “permanentes” en México, o por lo menos existentes al momento de la proclamación de la República en 1931, y hay contextos que en su momento, en el correr de los hechos “menudos” de la historia, pueden parecer “circunstanciales”, es decir son históricos, pasajeros, pero que se van estableciendo como contextos a lo largo de esos años, e influyendo en la continuidad de una política.
Un contexto que hay que tener siempre en cuenta es que por sus historias en común, lo que sucediera en la península tenía una resonancia muy especial en México, fuera porque apoyaba disputas y discusiones numerosas y apasionadas entre hispanófilos e hispanófobos –de los cuales hay toda una rica historia en México--, fuera para provocar acciones gubernamentales o grandes disputas en la sociedad mexicana.
La proclamación de la República española recibió el beneplácito de los gobiernos del Maximato, y la República respondió en especie apadrinando la entrada de México en la Sociedad de Naciones. Por fortuna el país contaba con un equipo de diplomáticos excepcional. La Nueva República fue recibida ¡por fin! como hermana de un numeroso grupo de Repúblicas americanas.
Del 31 al 36 se tejieron numerosos hilos de simpatía y contactos personales e incluso comerciales entre mexicanos y españoles. La guerra civil española, a su vez, aceleró el pulso de las relaciones entre la República y México, gobernado en esos años por el Gral. Lázaro Cárdenas, quien estableció la norma, comprometiéndose de múltiples maneras en sus apoyos a la República: venta de armas y alimentos; defensa jurídica de los derechos de la República en la Sociedad de Naciones; intentos de servir de intermediario en sus compras de material de guerra; recepción de los Niños de Morelia; apertura del país a los republicanos derrotados, etcétera.
Después del arribo a México de miles de españoles republicanos, aun con el mundo en guerra, y con miles de refugiados en Francia, el gobierno del Gral. Ávila Camacho pudo proteger en territorio francés los intereses de la República: ahí está la admirable actuación de Luis I. Rodríguez. Aunque intervino en el manejo de los dineros de la República, en formas que no gustaron a todo mundo, en 1945 el propio General autorizó que el gobierno de la República se reconstituyese en el exilio en territorio mexicano, y se le entregasen sus dineros. De ahí en adelante, sexenio tras sexenio, los gobiernos mexicanos del “desarrollo estabilizador” y de la “presidencia imperial”, con sus altas y sus bajas, (los coqueteos de Alemán para reconocer a Franco y “caso Gallostra”, las reacciones de Echeverría, etc.) mantuvieron las relaciones con el gobierno de la República española en exilio, hasta que el Lic. José López Portillo decidió suspenderlas en 1978.
Una larga historia que puede explicarse por razones múltiples: identificaciones ideológicas, simpatías, defensa de intereses, amistades personales, compromisos mutuos, complicidades, visión política de largo plazo.