Fiesta bárbara
DE LA SERIE RANCHERAS
FIESTA BÁRBARA
Se difundió el rumor entre los rancheros: “¡Habrá capada en el Huizechal!”, y se reúnen puntuales. Se trata de unos noventa toretes, casi de año, y hay que caparlos antes de que vengan los nortes. Capados, su carne será más suave, y no andarán brincándole a las vacas. Si acaso, se montarán entre sí. Y con los nortes se ponen debiluchos.
Empieza la faena, y es admirable tanta habilidad. Los caballos cooperan; saben cuándo afianzarse para detener el jalón del torete, cuándo apresurarse para evitar que deshaga el pial; están siendo juzgados por el ojo del patrón –no pierde pisada--, y más importante por sus propios jinetes.
Primero, lazo al pescuezo, mejor si sólo agarra los cuernos; así no se ahogará demasiado, aunque no importa.
Las reatas dibujan círculos airosos. Después, aprisionado el pescuezo o los cuernos sigue el pial trasero: el lazo cae sobre las caderas, después hay que mover al torete para que en operación relámpago, espuelazo al caballo, el vaquero tense la cuerda y aprisione las patas. El animal se derrumba, los ojos volteados hacia arriba, media lengua de fuera. ¿Prevé lo que sigue?
El vaquero se acerca, navaja toledana en mano. Toma la bolsa de los testículos, los empuja hacia arriba y de un solo tajo la secciona. El trozo de piel puede arrojarlo a los perros que están listos para pescarlos al aire, siempre de lejos, pues si se acercan entorpecen la operación y pueden llevarse una patada. El vaquero saca uno de los testículos—suelen ser muy grandes y alargados--, y con la punta separa a lo largo una membrana interna. Luego localiza los nervios y los jala hasta que dan de sí, y entonces los corta lo más cerca del cuerpo que se pueda. Luego desprende el testículo y lo deposita en una cubeta, que se va llenando conforme crece el día –entre gritos, sangre y polvo—y tiene así las manos libres para hacer la misma operación con el otro. A veces el torete muge, un mugido estrangulado a medias. Para terminar se le suelta primero el lazo del cuello; el de las patas se deshace por sí solo cuando el torete se levanta. ¿Además de herido, está humillado? Se levanta cabeza gacha, mirando de lado.
No es momento de expresar inoportunas simpatías. Un vaquero—quizá el menos hábil para menesteres de hombres—ha hecho lumbre, puesto un comal, y asado unos cuantos testículos –les dicen criadillas y es fama que son una exquisitez—; a la hora del almuerzo serán comidas alegremente, con tortillas y salsas traídas del rancho.
Terminada la faena, después de horas de sudor, sangre, polvo y trabajo rudo, los vaqueros y los vecinos que vinieron a ayudar y lucir sus habilidades se retiran felices llevando cada quien una cubeta con su botín de criadillas.
En la mesa del patrón no faltará algún invitado que las pruebe por primera vez. Aleccionada la familia entera, nadie le informará qué está comiendo hasta que haya acabado su plato, y se le dirá –si insiste—, que lo que ha comido son “ostras de montaña”.
FIESTA BÁRBARA
Se difundió el rumor entre los rancheros: “¡Habrá capada en el Huizechal!”, y se reúnen puntuales. Se trata de unos noventa toretes, casi de año, y hay que caparlos antes de que vengan los nortes. Capados, su carne será más suave, y no andarán brincándole a las vacas. Si acaso, se montarán entre sí. Y con los nortes se ponen debiluchos.
Empieza la faena, y es admirable tanta habilidad. Los caballos cooperan; saben cuándo afianzarse para detener el jalón del torete, cuándo apresurarse para evitar que deshaga el pial; están siendo juzgados por el ojo del patrón –no pierde pisada--, y más importante por sus propios jinetes.
Primero, lazo al pescuezo, mejor si sólo agarra los cuernos; así no se ahogará demasiado, aunque no importa.
Las reatas dibujan círculos airosos. Después, aprisionado el pescuezo o los cuernos sigue el pial trasero: el lazo cae sobre las caderas, después hay que mover al torete para que en operación relámpago, espuelazo al caballo, el vaquero tense la cuerda y aprisione las patas. El animal se derrumba, los ojos volteados hacia arriba, media lengua de fuera. ¿Prevé lo que sigue?
El vaquero se acerca, navaja toledana en mano. Toma la bolsa de los testículos, los empuja hacia arriba y de un solo tajo la secciona. El trozo de piel puede arrojarlo a los perros que están listos para pescarlos al aire, siempre de lejos, pues si se acercan entorpecen la operación y pueden llevarse una patada. El vaquero saca uno de los testículos—suelen ser muy grandes y alargados--, y con la punta separa a lo largo una membrana interna. Luego localiza los nervios y los jala hasta que dan de sí, y entonces los corta lo más cerca del cuerpo que se pueda. Luego desprende el testículo y lo deposita en una cubeta, que se va llenando conforme crece el día –entre gritos, sangre y polvo—y tiene así las manos libres para hacer la misma operación con el otro. A veces el torete muge, un mugido estrangulado a medias. Para terminar se le suelta primero el lazo del cuello; el de las patas se deshace por sí solo cuando el torete se levanta. ¿Además de herido, está humillado? Se levanta cabeza gacha, mirando de lado.
No es momento de expresar inoportunas simpatías. Un vaquero—quizá el menos hábil para menesteres de hombres—ha hecho lumbre, puesto un comal, y asado unos cuantos testículos –les dicen criadillas y es fama que son una exquisitez—; a la hora del almuerzo serán comidas alegremente, con tortillas y salsas traídas del rancho.
Terminada la faena, después de horas de sudor, sangre, polvo y trabajo rudo, los vaqueros y los vecinos que vinieron a ayudar y lucir sus habilidades se retiran felices llevando cada quien una cubeta con su botín de criadillas.
En la mesa del patrón no faltará algún invitado que las pruebe por primera vez. Aleccionada la familia entera, nadie le informará qué está comiendo hasta que haya acabado su plato, y se le dirá –si insiste—, que lo que ha comido son “ostras de montaña”.

7 Comments:
Saben rico las ostras de montaña, y no se consiguen tan fácil
¡Ay, doctor, qué descripciones tan vívidas! Qué sabor de su relato. Siga contándoons cosas destas por favor!
Mire usted. Relato breve y ameno. Estas criadillas espero probarlas algún día :) En el bar la Guadalupana en Coyoacán al pedirlas se habían agotado. Pues fama tienen.
Saludos, doctor.
Pues conmigo nadie se tomó la molestia de darles un nombre de tanto caché.
Para lo que si tuvieron que engañarme fue para comer iguana
Besos para tí Amaradás, excelente relato en verdad.
Que inspirada y que bien escribes.
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